jueves, 29 de agosto de 2013

Higuera sevillana, del Guadalquivir a Mallorca

Un recuerdo entrañable de la mili

Hace algo más de ocho años, en mayo de 2005, viajé a Sevilla para calmar mi nostalgia por esta bellísima ciudad del Al-Andalus que llevo en el alma. Allí viví durante doce meses haciendo la mili en el Cuartel de Caballería de Alcalá de Guadaíra, desde marzo de 1981 hasta febrero de 1982. Han pasado ya 31 años y parece que fue ayer. Siempre recordaré con mucho cariño a los compañeros sevillanos.

 Justo después de jurar bandera el dia 22 de febrero de 1981.

El primer dia en el cuartel por la tarde al terminar la instrucción me fui solo a la cantina con un susto tremendo en el cuerpo, sin conocer a nadie y con la sensación de estar encerrado en una especie de campo de concentración. Hacía sólo una semana escasa que se había perpetrado el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. El ambiente militar estaba muy cargado, tenso, enrabietado, con los sables desenvainados y listos para la acción. Los nuevos soldados estábamos acojonados.

 Jurando bandera en el cuartel de Cerro Muriano (Córdoba) después de dos meses de instrucción en el cuartel de reclutas de Obejo.

La mayoría procedíamos de los cuarteles cordobeses de reclutas de Cerro Muriano y Obejo. Habíamos jurado bandera todos juntos el día 22 de febrero en Cerro Muriano, justo la jornada anterior al golpe. Los mandos se mostraban muy duros, casi diría que crueles con los novatos, como si quisieran descargar sobre nosotros toda su frustración. En el cuartel estaba todo preparado para una intervención bélica inmediata, con el patio de armas lleno de tanques orientados hacia la salida.

 En el cuartel de caballería Sagunto 7, situado en Alcalá de Guadaíra (Sevilla).

En unas maniobras en Huelva, muy cerca de la frontera con Portugal, donde mi capitán, para mofarse de mí, una noche me llevó en un jeep del Ejército a campo a través a toda pastilla con las luces del vehículo apagadas entre jaras, lentiscos y acebuches. Creía que yo era un miedica, que me acojonaría y me mearía en los calzoncillos y le salió el tiro por la culata, porque no consiguió acojonarme. Estaba rabioso, quería humillarme como fuera pero no podía conmigo. Una tarde tras unas maniobras de tiro en una plantación de eucaliptos, mientras el sol se iba poniendo a la espera de la cena, me vio a lo lejos y me llamó: "Doctor, vente pacá, quiero que pruebes una cosa muy buena." Yo ya sabía de qué iba la cosa tan buena y me dije para mí mismo: "Maldito cabrón, te vas a joder." Y se jodió bien jodido, mi capitán, ya lo creo que sí. La cosa buena era un lagarto verde que había cazado y lo estaba asando sin quitarle las tripas sobre unas brasas con la única intención de humillarme. Yo controlé los músculos de mi cara y sonreí encantado. "Uhmmm, qué bien huele, mi capitán." - dije yo, mientras pelaba la piel chamuscada de los lomos y la cola del lagarto. El cabrón reía a carcajadas acompañado de otros mandos, convencido de que de un momento a otro yo no podría aguantar la repugnancia y empezaría a vomitar. Me miraba la cara fijamente para detectar en ella alguna mueca de asco, pero se jodió, controlé todos mis gestos y fui arrancando la carne del reptil con los dedos y metiéndomela en la boca, haciendo grandes aspavientos de placer: ¡Qué rico está este lagarto, mi capitán. Sabe a pollo. Me encanta. Uhmmm!" Sólo dejé la cabeza, los huesos y las tripas. Al final el humillado fue él y ya nunca más volvió a meterse conmigo.

Con mi amigo madrileño Castillo Calvo con el que compartí las maniobras en Huelva. En la mili me aficioné al tabaco y fumaba un pitillo tras otro de la marca Ducados. Esta foto nos la hizo otro soldado del que no recuerdo el nombre en verano de 1981.

Como os decía al principio, nada más llegar al cuartel de Sevilla, tras la ducha colectiva nos dieron permiso para ir a la cantina hasta la hora de la cena. Yo me quedé parado en la barra. Pedí una caña y me dediqué a observar y a escuchar. Sentía una angustia tan grande que casi no podía tragar la cerveza. Se me antojaba exageradamente amarga. Fumaba un pitillo tras otro de una manera compulsiva. Mi soledad y mi miedo eran inconmensurables. Me preguntaba a mi mismo: ¿saldré vivo de aquí, lo podré soportar?

-¡Quillo! ¿Qué paza? ¿De dónde ere? - me preguntó un soldado con una gran sonrisa, dándome una palmada en el hombro.

-De Mallorca - respondí yo con un hilillo de voz.

-Pué yo zoy de Do Hermana, de aquí cerca. Me llamo Jozé Luí. ¿Y tú?

-Yo Juan. 

-¡Quillos!, ette é Juan de Palma de Mallorca - gritó dirigiéndose a sus amigos.

Cuando me di cuenta estaba rodeado de sevillanos que me saludaban con una afectuosidad espontánea tan sincera que a mí como mallorquín seco y reservado me resultaba cuando menos chocante, como si me conocieran de toda la vida. De pronto ya no estaba solo, en menos de tres minutos tenía media docena de amigos que me invitaron a otra caña y ésta sí me supo a gloria. Y luego otra y otra... 

Llevo este recuerdo tan metido en el alma que siempre que lo rememoro se me humedecen los ojos. Desde aquel momento quedé enamorado de Andalucía y los andaluces. Tienen un carácter maravilloso y su tierra es un paraíso. Doce meses después ya hablaba sevillano con soltura y al volver a Mallorca tardé bastantes meses en perder el acento andalusí.


Vaya, me he liado contándoos mis batallitas de la mili  y me he olvidado de la higuera sevillana del Guadalquivir. 

Mirad qué bonitos son los higos de esta higuera andaluza. Parecen llevar pintados los colores de la bandera española: oro y sangre. Como os decía al principio en el año 2005 visité Sevilla. Cerca de la Torre del Oro pude acercarme hasta el río Guadalquivir. Me apeteció tocar su agua que venia de Córdoba y allí mismo, con sus raíces en remojo, crecía una higuera imponente que no llevaba ningún higo, lo que me hizo suponer que era un cabrahigo, es decir, una higuera silvestre nacida de una semilla defecada allí por un ave. Ahora sé que se trata de un semicabrahigo, un árbol híbrido hijo de un cabrahigo macho silvestre y una higuera hembra cultivada. No da brevas, de ahí que su madre en mayo no llevase ningún fruto. Sólo da higos tardíos que maduran en la segunda quincena de agosto. Si ampliáis las fotos con un doble click apreciaréis mejor los detalles.

Enseguida pensé que tenía que llevarme una ramita de aquella higuera sevillana como recuerdo. Cogí tres estaquitas, las mojé en el agua del río, las metí en una bolsa de plástico y me las llevé a Mallorca. En cuanto llegué las sembré en tres macetas y me agarraron todas. Una de ellas se murió unos meses después. Otra la regalé y no sé cómo sigue. La tercera está sembrada en mi jardín. La tierra mallorquina arcillosa y cargada de cal no le acaba de gustar, crece muy poco, pero parece que se va adaptando y cada vez va cogiendo más fuerza. Este año me ha dado un higo, sólo uno, el de la foto.

 La pulpa tiene un color rojo-carne intenso. Es muy jugosa, cremosa y dulce, se disuelve como un bombón en la boca. Me ha sabido a gloria y me ha hecho recordar a aquellos soldados sevillanos y su entrañable ¡Quillo!


domingo, 18 de agosto de 2013

Chrozophora tinctoria, una invasora cáustica.

La Chrozophora tinctoria es una planta mediterránea de la familia de las Eurphorbiaceae. Hasta no hace muchos años era relativamente escasa en Mallorca. De hecho yo la vi por primera vez el año pasado en el Parque Natural de Cala Mondragó, situado en el sudeste de la isla. Por algún factor desconocido, tal vez por el cambio climático, en los últimos años su población está aumentando a gran velocidad, comportándose como una verdadera invasora en su propia tierra. Cada vez es más frecuente encontrarla creciendo bien lozana en las cunetas de caminos y carreteras y como mala hierba entre las verduras y hortalizas de los huertos. Tiene apetencia por los suelos alcalinos. Como veremos más abajo arrancar esta planta con las manos sin protección puede causar un serio disgusto al hortelano.

Chrozophora tinctoria con el típico aspecto ceniciento de sus hojas y tallos. (Búger. Foto Rafel Mas).

En castellano recibe los nombres de Cencila, Cendía, Cenizo tornasol, Girasol y Tornasol por su capacidad de orientar sus hojas hacia el sol, siguiéndole desde que sale por el este hasta que se pone por el oeste, con la finalidad de captar el máximo de rayos solares para realizar la fotosíntesis con una eficiencia insuperable.

 Otra Chrozophora tinctoria cerca del mar a finales de junio. (Cala Mondragó. Foto Joan Bibiloni)

Toda la planta es rica en glucoflavonoides, tales como la rutina, el acacetin-7-O-rutinósido, el apigenin-7-O-β-D-[(6-p-cumaroil)]-glucopiranósido, el apigenin-O-β-D-glucopiranósido y la crozoforina. Como vemos comparte la rutina y un rutinósido con la planta de la ruda. Estos alcaloides son altamente fotosensibilizadores, de manera que si la savia lechosa de la Chrozophora tinctoria, al igual que ocurre con la de la ruda, entra en contacto con la piel y ésta es expuesta a los rayos ultravioletas del sol se produce una fuerte reacción cáustica, una quemadura química severa con ampollas que pueden dejar una cicatriz indeleble en la piel en casos graves o un tatuaje oscuro en casos más leves.

Por otra parte al ser una euphorbiácea su savia lechosa es cáustica por si misma, de manera que a la quemadura por fotosensibilización se le añade la quemadura química y la lesión en la piel es mucho más grave.

Otro ejemplar de Chrozophora tinctoria. (Cala Mondragó Foto Joan Bibiloni)

Capullos florales de Chrozophora tinctoria. (Búger. Foto Rafel Mas)

Su savia lechosa ha sido utilizada desde la antigüedad para teñir seda, lana y lino. Los árabes de Al-Andalus la sembraban cerca de los cursos de agua para aprovechar sus propiedades tintóreas. En la actualidad es usada en los laboratorios como indicador ácido-base, es decir, como tornasol para medir el ph de cualquier solución, pues se torna azul en un medio alcalino o roja  en un medio ácido.

Vigoroso ejemplar de Chrozophora tinctoria creciendo en la cuneta de una carretera. (Santa Eugenia. Foto Joan Bibiloni)

Flores y hojas cenicientas de la Chrozophora tinctoria anterior. Esta planta es de ciclo anual y florece de junio a septiembre. (Santa Eugenia Foto Joan Bibiloni)

Las diminutas flores pueden ser masculinas y femeninas. Tienen cinco pétalos amarillos soldados por la base, más puntiagudos, grandes y aparentes en las flores masculinas. Como ocurre en la mayoría de euphorbiáceas las flores femeninas tienen un ovario trilocular con un rudimento seminal en cada lóculo. (Cala Mondragó. Foto Joan Bibiloni)

Detalle de una flor masculina de Chrozophora tinctoria. (Santa Eugenia. Foto Joan Bibiloni)

Frutos inmaduros de Chrozophora tinctoria con la superficie verrugoso-tuberculada. (Santa Eugenia. Foto Joan Bibiloni)

 Detalle de los tubérculos verrugosos y las escamas cenicientas y fimbriadas que recubren los frutos. (Santa Eugenia. Foto Joan Bibiloni).

Frutos casi maduros en forma de cápsulas triloculares con una semilla en cada lóculo. (Cala Mondragó. Foto Joan Bibiloni)

En la antiguedad hasta el siglo XVIII fue utilizada como planta medicinal, especialmente las semillas que se ingerían enteras para "curar" múltiples afecciones: fiebre, vómitos, etc.. Dada su toxicidad y sus nulos efectos beneficiosos en la actualidad no se recomienda su uso con fines medicinales.

La Chrozophora tinctoria se confunde a simple vista con el Heliotropium europaeum, pues ambos comparten el mismo aspecto ceniciento. En la imagen vemos las dos plantas creciendo juntas. (Búger. Foto Rafel Mas)

Heliotropium europaeum en plena floración. Pertenece a la familia de las Boraginaceae. (Búger. Foto Rafel Mas)

Flores blancas de Heliotropium europaeum que permiten diferenciarlo fácilmente de la Chrozophora tinctoria. (Sóller. Foto Joan Bibiloni)

Trichomas estrellados que recubren las hojas y los tallos de la Chrozophora tinctoria y dan a toda la planta su típico aspecto ceniciento. (Santa Eugenia. Foto Joan Bibiloni)

Cicatriz de una severa quemadura cáustica de segundo grado por contacto con la savia de Chrozophora tinctoria en el dorso de la muñeca de la hortelana S. Quintanilla. (Manacor. Foto Rafel Mas)

Rafel Mas y Joan Bibiloni.