sábado, 30 de junio de 2012

Dicksonia antarctica, un helecho del Terciario


El helecho arbóreo Dicksonia antarctica es originario de los estados australianos de Nueva Gales del Sur, Tasmania y Victoria. Es uno de los helechos arborescentes más cultivado por los jardineros de todo el Mundo. Crece sin problemas en cualquier tipo de tierra, tanto ácida como calcárea, siempre que tenga un buen drenaje, un substrato rico en materia orgánica bien descompuesta y un aporte constante de humedad, tanto en el suelo como en el aire. Vive bien a la sombra o semisombra de los árboles, ya que en su medio natural es un helecho de sotobosque. Se originó en los bosques tropicales del Terciario con un clima cálido y permanentemente húmedo.

Fronde nueva de Dicksonia antarctica a principios de mayo. Ésta y las siguientes fotografías fueron tomadas en el magnífico jardín botánico llamado Huerto del Cura, que forma parte del inmenso Palmeral de Elche, ubicado en la provincia de Alicante. Todas las frondes nuevas de los helechos a medida que se despliegan adoptan esta forma espiralada que sigue la Secuencia matemática de Fibonacci. (Recomiendo ampliar las fotos con un doble click)

Dicksonia antarctica de unos 25 años a la sombra de las bellísimas palmeras procedentes de todo el mundo que forman la colección de este jardín botánico. El Huerto del Cura es un pequeño oasis de paz en medio del bullicio de la ciudad de Elche. En él conviven en completa armonía cientos de especies de palmeras, strelitzias, cycas, zamias y cactus.

 Tronco de la Dicksonia antarctica que en realidad es un largo rizoma con los restos secos de los pecíolos de las frondes viejas. Los 90 centímetros de este tronco nos dan una edad aproximada de 25 años, ya que este helecho crece muy lentamente entre 3´5  y 5 centímetros por año, algo más rápidamente en su medio natural donde puede alcanzar con facilidad los 15 -20 metros de altura.

Copa de la Dicksonia antarctica anterior con las frondes nuevas de la brotación primaveral.

 Otra Dicksonia antarctica algo más joven que la anterior con un tronco de unos 50 centímetros.

Copa del helecho anterior. Las frondes pueden ser estériles o fértiles y van brotando alternativamente según la época del año.

Las frondes tienen un pecíolo muy corto y una lámina ovado-lanceolada y tripinnada formada por pinnas estrechas y lanceoladas.

 
 Las pinnas de Dicksonia antarctica se subdividen en pínnulas también lanceoladas, que se insertan oblícuamente sobre el raquis de la pinna con un pecíolo muy corto.

 Las pínnulas están a sus vez subdivididas en pequeños lóbulos sésiles, es decir, sin pecíolo, acabados en una punta muy fina orientada hacia el ápice de la pinna.

 Envés de una pinna con los soros maduros cubiertos por un indusio bilobado que se sitúan en el borde de los lóbulos de las pínnulas.

Mismos soros anteriores vistos desde más cerca. El indusio está levantado dejando asomar los esporangios maduros a punto de desplegarse y dispersar las esporas.

Detalle de los soros de Dicksonia antarctica.

Esporangio ya desplegado y vacío tras la dispersión de las esporas. Resulta muy llamativo el elevado número de células del anillo.

 Esporas de Dicksonia antarctica con un bonito color dorado oscuro y unas medidas bastante grandes.



sábado, 16 de junio de 2012

Tamarillo de Colombia, el tomate de los Andes

El Tamarillo de Colombia, Cyphomandra betacea o Solanum betaceum, también llamado tomate de árbol, sachatomate, chilto y tomate andino, es un frutal arbustivo de la família de las Solanaceae. En realidad es una tomatera gigante que llega a alcanzar los tres metros de altura y a superar los 7 años de vida. Es originario de los Andes donde se pueden encontrar pequeñas poblaciones silvestres en Argentina y Bolivia. Se cultiva como hortaliza en Perú, Chile, Argentina, Colombia, Bolivia y Ecuador. En las últimas décadas se ha extendido su cultivo al sur de Europa, África, Australia y Nueva Zelanda.

Frutos maduros de Cyphomandra betacea, muy ricos en vitaminas, minerales y antioxidantes.

Tamarillo de Colombia adulto de tres metros de altura cultivado en un huerto de naranjos a pocos kilómetros del mar en la Isla de Mallorca.

 Tamarillo de Colombia cargado de frutos a principios de noviembre en un huerto de mis amigos Jaume y Matilde.

A diferencia de la tomatera, el tamarillo de Colombia o tomate de árbol resiste bien el frío moderado con escasas heladas de las zonas costeras mediterráneas. En los inviernos especialmente fríos se comporta como caducifolio, pierde las hojas y aguanta en hibernación hasta que suben las temperaturas en primavera y entonces brota de nuevo. Como todas las hortalizas agradece el aporte de materia orgánica bien descompuesta ya sea en forma de estiércol o de compost. Se adapta a cualquier tipo de suelo, siempre que sea fértil y bien drenado. En los veranos sin lluvias  necesita varios riegos semanales para mantener bien hidratadas sus grandes hojas de hasta 30 centímetros. Se reproduce con facilidad a través de semillas que germinan rápidamente y al año ya puede empezar a dar frutos.

 Sus flores salen en racimos. Tienen cinco pétalos blancos y cinco estambres amarillos. Las hojas son muy grandes y tienen las nerviaciones muy marcadas. Su lámina es entera y cordada, es decir, acorazonada con la punta acuminada y no está subdividida en folíolos como en las tomateras. El pecíolo es largo y grueso. Las hojas, sobretodo las más tiernas, están cubiertas de tricomas glandulíferos por ambas caras que despiden un fuerte olor a tomatera.

Los frutos cuelgan de largos pedúnculos sin espinas.

 Tienen la forma y el tamaño de un huevo de gallina. El color de los frutos varía desde un amarillo anaranjado hasta un rojo intenso ligeramente amoratado. La piel es lisa, gruesa y muy resistente.

Bajo la piel hay una capa delgada de pulpa anaranjada que rodea las numerosas semillas englobadas en una gelatina muy jugosa y translúcida a veces teñida de rojo alrededor de cada semilla. La pulpa de estos frutos se puede comer a cucharaditas como si fuera un flan. Una vez pelados también se pueden consumir en ensaladas como si fueran tomates o se pueden añadir a una macedonia de frutas tropicales. Con su pulpa se puede preparar un buen sofrito para añadir a arroces, pastas y guisos de carne, confiriendo un intenso sabor a tomate muy peculiar. En repostería se pueden preparar deliciosos pasteles con la mermelada hecha con su pulpa, como por ejemplo un brazo de gitano. Los helados, sorbetes y cócteles de tamarillo andino son también deliciosos y muy exóticos.


domingo, 10 de junio de 2012

Asplenium azomanes, la estivación le permite sobrevivir

La cuenca mediterránea se caracteriza por tener dos estaciones climáticas claramente definidas: una estación más o menos lluviosa y fresca de unos 7 meses que abarca desde principios del otoño hasta mediados de la primavera y una estación cálida y seca de unos 5 meses que va desde la segunda mitad de la primavera hasta las primeras semanas del otoño. Hay que decir también que otra de las características del clima mediterráneo es su imprevisibilidad. Pueden darse veranos muy lluviosos y frescos e inviernos muy secos y relativamente cálidos. Todo depende del viento. Si sopla del norte o nordeste hace frío y llueve, si sopla del sur o sureste, es decir, del desierto del Sáhara, el llamado siroco o jaloque, hace un calor bochornoso y si llega a llover caen sólo cuatro gotas de barro rojo africano procedente del polvo del desierto arrastrado por el viento. Así pues, los pequeños helechos mediterráneos tienen que soportar estos cambios imprevisibles y adaptarse o morir.

El Asplenium azomanes es tal vez uno de los mejor adaptados a esta imprevisibilidad climática. No sólo soporta la sequía y el calor y frío extremos, sino que incluso su aspecto, su fenotipo, cambia mucho según el grado de exposición a la luz y la orientación de la roca o pared donde crece. Básicamente se pueden distinguir dos fenotipos: el que yo llamaría "fenotipo soleado" como el del helecho de la imagen que vive en orientación oeste-suroeste en el Puig de Ses Tres Creus del Valle de Sóller en Mallorca. Sus frondes son muy anchas y relativamente cortas y se aplican sobre la roca en un desesperado intento de evitar el sol directo. Las pinnas son muy brillantes, coriáceas y convexas con las nerviaciones muy marcadas y están dispuestas muy juntas sobre el raquis, ligeramente superpuestas como si fueran las tejas de un tejado, con un raquis muy oscuro, grueso y brillante que ofrece mucha resistencia a ser doblado.

En esta imagen tomada en las montañas del municipio gaditano de Ubrique podemos ver un vigoroso ejemplar del fenotipo soleado con las mismas características que el ejemplar de Mallorca. Es muy llamativo el detalle de las pinnas aplicadas sobre la roca siguiendo su contorno por su marcada heliofobia.

 Frondes del helecho gaditano anterior. Llama la atención la nerviación muy marcada de las pinnas, su convexidad y el grueso raquis recorrido por dos alas suberosas.

En esta imagen tomada en un pinar de las afueras del municipio gaditano de Grazalema podemos ver las llamativas diferencias macroscópicas entre el Asplenium azomanes de fenotipo soleado de la izquierda y el Asplenium trichomanes subsp. quadrivalens de la derecha. Difieren en la mayor anchura de las frondes del Asplenium azomanes, su color más claro, el brillo de las pinnas, el grosor del raquis, el ápice de la lámina que acaba bruscamente, mientras que en el Asplenium trichomanes subsp. quadrivalens el extremo de la lámina se va estrechando progresivamente y acaba en un ápice alargado y estrecho.

A simple vista nadie diría que el helecho de esta imagen es un Asplenium azomanes. Su aspecto es totalmente diferente a los anteriores. Pertenece al que yo llamo "fenotipo sombreado". Crece en orientación norte en una vieja pared de bancal del Valle de Sóller. Sus pinnas son más pequeñas y redondeadas, más separadas entre sí, pero igualmente coriáceas, de color verde claro e insertas en un grueso raquis negro. La lámina acaba también bruscamente en un ápice más bien romo. Siempre que veo esta imagen me acuerdo del Dr. José Antonio Rosselló, profesor de botánica en la Universidad de Valencia, que describió y bautizó este helecho en 1991. En una de sus numerosas visitas al Valle de Sóller vino a ver los helechos que crecen cerca de mi jardín y me dió una inolvidable lección magistral mostrándome las diferencias entre los dos fenotipos con una fronde de cada uno de ellos sobre la palma de su mano.

Este otro ejemplar, más vigoroso que el anterior, crece en la misma pared de bancal pero recibe un poco más de luz y presenta un fenotipo intermedio.

Aquí podemos ver las pinnas de una fronde del Asplenium azomanes anterior. Aunque su fenotipo se acerca más al tipo sombreado, sus pinnas se ven gruesas, coriáceas y brillantes como de plástico con las típicas nerviaciones muy marcadas y el borde ligeramente crenado. Llaman la atención las dos alas suberosas que recorren todo el raquis dibujando un canal. Esta característica es típica de todos los helechos del complejo trichomanes al que pertenece el Asplenium azomanes.

Fronde anterior con las pinnas superpuestas como tejas en un tejado. Se ven muy bien las nerviaciones, el aspecto coriáceo de plástico y el grueso raquis rojizo con las llamativas alas en su parte dorsal.

En la parte superior derecha de esta otra imagen se aprecia muy bien la disposición en tejado o empalizada de las pinnas, que recuerdan el tejado de las pagodas asiáticas.

Al dar la vuelta a la fronde anterior vemos los soros dispuestos en dos filas paralelas siguiendo el nervio central de la pinna y uno o dos soros adicionales en la pequeña aurícula que se ve mejor en las pinnas de la izquierda de la imagen. La fotografía fue tomada en el mes de marzo. El indusio blanco que cubre cada soro es una membrana transparente inserta lateralmente en la superficie inferior de la pinna, tiene la misma longitud y forma que el soro y se abre siempre hacia el nervio central de la pinna. En la imagen vemos como el indusio se está levantando para permitir que los esporangios se desplieguen explosivamente y dispersen las esporas. Llama la atención el grueso raquis castaño oscuro y brillante. Las pinnas se insertan en él de forma subopuesta con un diminuto pecíolo de menos de 1 milímetro.

En esta imagen vemos mejor los detalles antes descritos. A la izquierda el haz de dos pinnas con las nerviaciones muy marcadas, su convexidad, su textura coriácea y brillante y el raquis castaño oscuro con las dos alas suberosas dibujando un canal. En la inserción de cada pinna se ve una escotadura en el ala que abre el canal a la entrada del agua condensada sobre la pinna procedente del rocío de la mañana. El canal lleva el agua por capilaridad hacia el rizoma del helecho y así éste consigue una humedad adicional aunque no llueva. A la derecha vemos el envés de dos pinnas insertas en el raquis con un diminuto pecíolo. Se ve bien el borde crenado de las pinnas, los soros con el indusio lateral abierto hacia el nervio central de la pinna y sobretodo la característica que define a todos los helechos descendientes del ancestral Asplenium anceps: la aurícula en la base de la pinna orientada hacia el ápice de la lámina con uno, dos y hasta tres soros en su interior.

Resulta sorprendente la inserción de las pinnas en el raquis abriendo una escotadura en el ala ipsilateral para que el canal dibujado por las dos alas recoja la humedad condensada en cada pinna. Se aprecia muy bien otra característica del Asplenium azomanes: la anchura de la lámina que acaba bruscamente en un ápice corto sin el adelgazamiento progresivo típico de la lámina del Asplenium trichomanes subsp. quadrivalens.

Y ahora llega el drama de este helechito, la dura prueba que cada año debe superar para seguir viviendo: la extrema sequía y el calor tórrido de los largos meses del verano mediterráneo.

 Los miles de cambios climáticos que se han ido sucediendo durante millones de años en las zonas costeras de la cuenca mediterránea, desde el primitivo Océano de Tetis, que luego se vió encogido por el empuje hacia el norte de la placa tectónica africana y se transformó en el más modesto Mar de Tetis, hasta llegar al actual Mar Mediterráneo cuya conformación moderna es fruto de convulsos movimientos tectónicos, han obligado a los helechos mediterráneos a adaptarse a tantos cambios a través de mutaciones experimentales, unas exitosas y otras nefastas, hasta conseguir una combinación genética perfecta que les permite superar todos los retos a los que les somete la naturaleza en la actualidad.

Tal vez la adaptación más importante, más vital para su supervivencia es la ESTIVACIÖN, un proceso que necesitó innumerables mutaciones adaptativas hasta rozar la perfección actual. Es exactamente lo contrario que la hibernación. En ésta las plantas y los animales sobreviven al frío extremo del invierno, mientras que en la estivación lo hacen al calor y a la sequía extrema del verano. Consiste en unos mecanismos fisiológicos en los cuales el helecho prácticamente muere, cesa su metabolismo, sus cloroplastos no responden a los rayos ultravioleta y no realizan la función clorofílica y sus células se deshidratan hasta límites incompatibles con la vida perdiendo más del 90% del agua. Las frondes se mústian, se enrollan, se encogen, pierden la turgencia y el brillo, a veces ennegrecen, parecen un hierbajo muerto. Su deshidratación es tan extrema que si se estruja una fronde en la mano se deshace en miles de fragmentos y sin embargo está bien vivo, sólo duerme, espera pacientemente a que pase el tórrido verano y sueña, como lo hacen los osos polares en sus madrigueras de hielo, que al despertar llegará un tiempo mejor, más amable con la vida.

Este es el aspecto del vigoroso helecho de la fotografía número 6 a principios de junio, tras dos largos meses sin llover. El cambio es espectacular. Para sobrevivir ha reabsorbido la poca agua que contenían sus frondes y la ha acumulado en su rizoma, su centro vital, su alma. Ahora estiva, duerme, espera, soporta, aguanta, resiste.

Imagen cercana del helecho estivante anterior. Las pinnas están deshidratadas, aunque lo llegarán a estar más todavía después de los cuatro largos meses que le esperan. Estamos a principios de junio, aún no ha empezado el verano y ya está estivando. No le queda más opción si no quiere perecer.

Este mústio Asplenium azomanes gaditano del Parque Natural de la Sierra de Grazalema que fotografié hace unos años a principios de mayo estaba iniciando la estivación dos meses antes de empezar el verano. La tierra estaba muy seca. Hacía varios meses que no llovía. Curiosamente su aspecto era mucho mejor que el del Ceterach officinarum que tiene a su izquierda, otro helecho de la família de las Aspleniaceae que también entra en estivación.

Visión cercana de los dos helechos de la imagen anterior.

La naturaleza es una madre muy dura, no le gustan los débiles, los elimina sin compasión de la faz de la Tierra. Sus hijos predilectos son los fuertes, los resistentes, los mejor adaptados y, tras superar las duras pruebas a las que les somete, les premia con generosidad. 

Por fin se abren los cielos, se refresca el aire, sopla el viento del norte, caen las ansiadas lluvias del otoño y tiene lugar un milagro espectacular, cada año el mismo, sí, pero también cada año igualmente emocionante, increible, bello, esperanzador. El reseco helecho se despierta de su letargo estival y sonríe feliz mirando al cielo mientras las refrescantes gotas de lluvia caen sobre sus frondes. En menos de 24 horas se produce el milagro. Las pinnas se rehidratan, reverdecen, se expanden, se estiran, cogen cuerpo, turgencia, brillo. Al dia siguiente se les ve tan lozanos como cinco meses atrás, como si nada hubiera pasado. 

Fronde del helecho de las fotos número 6 y número 12 a las 48 horas de una fuerte tormenta de otoño que cayó el dia 25 de septiembre tras cinco largos meses de sequía pertinaz. Las pinnas se ven bien lozanas, llenas de vida.

Envés de la fronde anterior con los soros todavía inmaduros que se empezaron a formar en primavera, aguantaron deshidratados y aletargados todo el verano y ahora ya rehidratados van a acabar la maduración.

Ápice de la fronde anterior con los soros cubiertos por el indusio. En algunas pinnas se aprecian pequeñas zonas marrones cuyas células no lograron sobrevivir a la sequía. Lo más sorprendente son los soros que han revivido tras una deshidratación superior al 90%. Bajo el blanco indusio los esporangios ahora por fin podrán finalizar todo el proceso de meiosis y mitosis, para producir las esporas, sus hijas, que llevarán en su genoma el maravilloso tesoro de los genes mutantes de la estivación.

Distribución actual del Asplenium azomanes en lo que hace 6 millones de años durante el Mioceno Tardío fue el Macizo Bético-Rifeño.

 Esporangio de Asplenium azomanes antes de la dispersión de las esporas.

Esporas de Asplenium azomanes.



sábado, 2 de junio de 2012

Crepis triasii, una compuesta rupícola

La pequeña compuesta Crepis triasii es un endemismo de Mallorca, Menorca y Cabrera. Su hábitat preferido son las grietas de rocas y peñascos de naturaleza calcárea orientados al norte. Muy raramente crece en terreno llano, siempre en paredes verticales. Sus hojas espatuladas se disponen en una roseta basal.

 Crepis triasii a finales de mayo creciendo en una grieta de una roca calcárea situada en el camino que lleva al Puig de Ses Tres Creus del municipio de Sóller.

Típica roseta basal de Crepis triasii que actúa como una antena parabólica orientada hacia la luz

Dos Crepis triasii en abril creciendo juntas en la misma grieta.

 Las hojas de Crepis triasii están cubiertas de una fina pilosidad más abundante en su cara inferior. Las nerviaciones dibujan un relieve reticulado muy llamativo que facilita la identificación de la planta cuando todavía no tiene flores.

Detalle de los pelos o tricomas. Se aprecia su mayor abundancia en el dorso de las hojas.

Crepis triasii en una roca completamente vertical. Su orientación norte le proporciona un ambiente fresco y sombreado. En el capullo de la izquierda se ven muy bien las pequeñas brácteas dirigidas hacia fuera que rodean el involucro del capítulo floral. Este detalle también es muy útil para su identificación.

Crepis triasii vista de lado. Mientras las hojas se aplican a la superficie rocosa para evitar la luz solar directa, las flores son heliófilas y se disponen sobre largos tallos que se alargan hacia la luz con la intención de lograr que el sol las ilumine. Saben que los insectos polinizadores con su visión ultravioleta sólo las verán si sus pétalos están iluminados.

El número de flores por planta varía mucho, desde dos o tres hasta más de una docena. El amarillo dorado de los pétalos llena de color las superfícies grisáceas de las rocas calcáreas.

Flor y capullo floral vistos de lado con el detalle de las brácteas en la base del involucro.

Flores de Crepis triasii a finales de mayo.

Las flores de la gran família de las Compositae en realidad son inflorescencias formadas por numerosas flores individuales creciendo juntas. Suele haber flores tubuladas sin pétalos en el centro de la inflorescencia y flores liguladas con un gran pétalo en la parte externa (un ejemplo típico son las grandes inflorescencias del girasol). En el caso de la Crepis triasii todas las flores de la inflorescencia son liguladas, todas tienen un gran pétalo amarillo con la punta dentada, cinco estambres soldados por las anteras, un pistilo con el estigma bifurcado y un ovario ínfero.