miércoles, 30 de noviembre de 2011

Diploschistes diacapsis, le encanta que lo pisoteen

El líquen Diploschistes diacapsis fue todo un descubrimiento para mí. Aquella tarde de otoño caminaba detrás del prestigioso botánico y excelente amigo Juan Rita Larrucea, sorteando jaras, lentiscos y romeros. Nos dirigíamos hacia una balsa temporal situada en una garriga litoral del suroeste de Mallorca para ver la pequeña población del helecho acuático Marsilea strigosa que era para mí una asignatura pendiente. Juan se había ofrecido amablemente a enseñármela. 

Recomiendo ampliar las fotos con un doble click.

Mientras atravesábamos un claro de la garriga con escasa vegetación y con las rocas calcáreas asomándose por encima de la delgada capa de tierra arcillosa, de pronto noté que Juan aminoraba su paso y miraba mis pies por el rabillo del ojo. Se había dado cuenta de que yo evitaba pisar los líquenes y me estaba rezagando. Sonriendo me dijo: "No temas, no les haces ningún daño si los pisoteas. Estos líquenes crecen expresamente en los sitios de paso de personas y animales, pues al pisarlos se trocean y cada trozo es un nuevo liquen que sigue creciendo. Es su forma de reproducirse vegetativamente por fragmentación".

La ilusión por ver la Marsilea strigosa por primera vez en mi vida no me impidió perder un poco de tiempo en contemplar aquella maravilla de la naturaleza que se había adaptado inteligentemente al pisoteo del ganado. Me agaché y le tomé varias fotos con mi vieja cámara digital para llevármelas como recuerdo de aquel día lleno de sorpresas que me había regalado Juan, pues una hora antes en otra garriga me había enseñado otro helecho diminuto que era también una asignatura pendiente para mí, el Ophioglossum lusitanicum.


Ya sin miedo de pisotear aquellos líquenes blancos que no había visto antes en mi vida, sentí como crujían y se fragmentaban bajo mis zapatos. Saqué el bolígrafo que suelo llevar siempre en el bolsillo de la camisa y escribí en la palma de mi mano el complicado nombre del líquen que Juan me había deletreado, Diploschistes diacapsis. En cuanto llegue a casa, pensé, buscaré información en google y en una excelente Guia de Líquenes, Musgos y Hepáticas que me compré en Jerez de la Frontera hace varios años.

Diploschistes diacapsis muy fragmentado tras el paso de un rebaño de ovejas.

El Diploschistes diacapsis, también llamado Diploschistes steppicus, suele crecer a pleno sol aplicado sobre sustratos carbonatados o yesosos. En Mallorca vive sobre suelos arcillosos muy pobres con escasas lluvias y una fuerte insolación. Vistos de lejos estos líquenes parecen afloramientos de las rocas calcáreas sobresaliendo unos milímetros por encima de la capa de tierra.


El cuerpo del líquen, o sea, la placa blanca recibe el nombre de talo. Suele tener un grosor de unos 2 milímetros y llega a medir hasta 20 centímetros de diámetro. Su superficie es irregular, verrugosa, de color blanco con tonalidades beig o gris claro y salpicada de puntitos negros o grisáceos en forma de diminutos discos muy hundidos en el talo llamados apotecios. A veces partes del talo están separadas del suelo dejando huecos.

Un líquen es la asociación simbiótica entre un hongo, un alga y una levadura. Los apotecios son los órganos reproductores del hongo simbionte o micobionte. En cada apotecio hay unos pequeños sacos llamados ascos, donde se forman las ascósporas verdosas o parduzcas en número de 8 por cada asco. Tras una lluvia copiosa los ascos alcanzan rápidamente la madurez, se vuelven muy turgentes y estallan, liberando las ascósporas explosivamente al aire para que lleguen lo más lejos posible.

Detalle de los apotecios en distintos estadíos de maduración. Empiezan puntiformes y poco a poco se van ensanchando y hundiéndose en el talo, formando pequeños cráteres.

El segundo componente del líquen recibe el nombre de ficobionte y está formado por algas unicelulares que viven en muy escaso número en el suelo. En condiciones de aridez extrema las algas sólo pueden sobrevivir asociadas a un hongo y a una levadura formando un líquen. Tras una lluvia copiosa algunas células algales se liberan del hongo y caen en los pequeños charcos donde se reproducen como cualquier alga. Su vida acuática es muy breve. Si el charco se seca, las algas mueren. Para no extinguirse recurren a la inteligente estrategia de asociarse a un hongo y una levadura.

Cuando una ascóspora es dispersada por el estallido de un asco vuela lo más lejos posible ayudada por el viento y si cae sobre un sustrato húmedo adecuado germina y empieza a producir una maraña de filamentos o hifas. Sin embargo, si no encuentra pronto un alga unicelular y una levadura con las que asociarse, el hongo muere literalmente de inanición al faltarle el aporte de hidratos de carbono sintetizados por la clorófila del alga y algunas sustancias sintetizadas por la levadura.

Cuando hay suerte y el azar hace que los tres simbiontes se encuentren en el mismo punto donde cayó la ascóspora, generalmente un pequeño acúmulo de agua de lluvia en el suelo, a medida que las hifas del hongo van formando una maraña de filamentos, es decir, la estructura del líquen, el alga unicelular y la levadura se van reproduciendo por división celular simple y las nuevas células algales y de la levadura se van situando entre las hifas en íntimo contacto con ellas, como si de inquilinos de un edificio se tratase. Empieza entonces la verdadera simbiosis. Las hifas fúngicas absorben agua y minerales del suelo y los transfieren a las algas y a la levadura. Las algas a cambio sumisnistran a las hifas del hongo los hidratos de carbono que han elaborado a partir de la luz solar. La células de la levadura, siempre en escaso número, sintetizan proteinas todavía desconocidas pero imprescindibles para la coexistencia exitosa de los tres simbiontes a través de su ARN, que se muestra muy activo, mucho más que los de los otros dos simbiontes. Forman pues un trío de conveniencia bien avenido en el que los tres "conyuges" sacan un beneficio. En definitiva, representan una inteligente estrategia de supervivencia de tres seres que por separado no podrían sobrevivir.

Se entiende pues la necesidad de este líquen de ser pisoteado, ya que la reproducción vegetativa por fragmentación del talo es mucho más fácil y segura que la azarosa reproducción por esporas en un hábitat donde las lluvias son muy escasas y predomina la aridez extrema durante la mayor parte del año.



martes, 22 de noviembre de 2011

Acrocarpus fraxinifolius, un árbol para el futuro


-Convierte al hongo Armillaria mellea en micorriza y vive con él en simbiosis.

-Activa genes ancestrales en su genoma y se hace resistente al frío.

Quiero contaros la historia de un árbol extraordinario que, siendo tropical estricto y de hoja perenne, activó varios genes ancestrales que tenía bloqueados en su genoma tal vez desde hacía millones de años y se transformó en un árbol caducifolio, entrando en hibernación en los meses más fríos del invierno de Mallorca para poder llegar hasta la primavera sin sufrir la congelación de sus ramas. En algún momento de su evolución sobre la Tierra consiguió superar una época de frío intenso a base de mutaciones adaptativas, que grabaron un recuerdo indeleble en su genoma en forma de varios genes de resistencia a las bajas temperaturas, los cuales posteriormente dejaron de serle útiles al cambiar de nuevo el clima y hacerse más cálido.

Árbol mundani, Acrocarpus fraxinifolius, nacido en la primavera de 1987. En la fotografía tenía 16 años y medía unos 14 metros. En la actualidad tiene 24 años y se acerca a los 20 metros de altura.

Los genes que le hicieron resistente al frío no desaparecieron sino que permanecieron bloqueados, dormidos, inactivados en su genoma hasta que forzado por las bajas temperaturas del invierno de Mallorca los desbloqueó para sobrevivir.

En las navidades de 1986 una pareja de amigos recien casados, Toni y Avelina, viajaron a Kenia de luna de miel. Antes de partir me preguntaron si quería algo de África y yo les dije: "semillas de árboles". Me trajeron un montón de frutos keniatas: unas vainas del árbol del coral sudafricano, Erythrina caffra, un gran fruto de baobab lleno de semillas, Adansonia digitata, un pesado y alargado fruto del árbol de las salchichas, Kigelia aethiopica, varias cápsulas de la euphorbiácea de sabana Croton dichogamus, un par de frutos de la pasión, Passiflora edulis y las vainas de una leguminosa desconocida cuyas semillas sembré enseguida creyendo que se trataba de una acacia.

 Semillas de Acrocarpus fraxinifolius.

Germinó una sola semilla y de ella nació un arbolito de grandes hojas pinnadas que permaneció casi sin crecer durante cuatro años. Algo impedía su crecimiento y yo no lograba activarlo ni con abonos ni con compost. En la primavera del año 1991 en mi jardín murió un limero, Citrus aurantifolia, en el mismo lugar donde antes ya habían muerto varios árboles, pues la tierra estaba invadida por el micelio del hongo Armillaria mellea que atacaba las raíces de cualquier árbol en cuanto lo acababa de sembrar y en pocos meses moría fulminado. Ya no me atrevía a sembrar nada en aquel infecto lugar.

Pequeño árbol mundani de dos meses de edad.

Un día mirando el arbolito tropical que no crecía se me ocurrió la idea de sembrarlo en la zona contaminada por el hongo, pues pensé que de todas formas acabaría muriendo en la maceta. Fué lo mejor que pude hacer por él. A los pocos días experimentó un cambio espectacular, su yema apical empezó a crecer a una velocidad vertiginosa y a principios del otoño de aquel mismo año medía más de tres metros. No me lo podía creer. Cuando lo sembré no superaba los 15 centímetros, tenía las hojas amarillentas y mústias y daba la impresión de que se estaba muriendo. ¿Qué había ocurrido?, ¿Qué cosa había obrado el milagro?

Ahora tras más de 20 años creo tener ya la respuesta a estas preguntas. Como muchos arboricultores forestales saben el hongo Armillaria mellea, aunque en general se comporta como un asesino arboricida al invadir y pudrir las raíces de los árboles sensibles, con algunas especies forestales también se puede comportar como un hongo simbionte con las funciones de micorriza, de manera que en lugar de matarlos se forma entre ellos una asociación muy provechosa para ambos, es decir, una simbiosis. Y esto fué precisamente lo que le ocurrió al pequeño arbolito moribundo. En el hoyo que cavé para sembrarlo había todavía trozos de raíces de los árboles que allí habían muerto. Estaban blancas por el micelio del hongo y la tierra olía a putrefacción, el olor acre típico de la Armillaria mellea. Sabedor de la inutilidad de cualquier medida para erradicar esta plaga, no me molesté ni siguiera en quitar los trozos de raíces podridas. 

 Setas de Armillaria mellea.

Por alguna razón que desconozco al micelio del hongo le cayó simpático el arbolito keniata, rodeó sus escuálidas raíces en un blanco abrazo de vida y empezó a suministrarle agua y minerales. Cuando la yema apical inició el crecimiento y se abrieron las primeras hojas, el arbolito le devolvió el favor al hongo y le suministró a cambio hidratos de carbono sintetizados por las hojas a través de la fotosíntesis. Se había iniciado un matrimonio de conveniencia que le permitió al arbolito convertirse en dos décadas en un árbol imponente con un grosor del tronco de más de 30 centímetros y una altura superior a los 19 metros.

Al cabo de 10 años todavía desconocía la identidad del árbol keniata, creía que se trataba de una acacia africana y no lograba dar con su nombre. Un día entré en el foro de plantas de Infojardín, publiqué varias fotos de mi supuesta acacia y el prestigioso botánico especialista en árboles tropicales D. José Manuel Sánchez de Lorenzo-Cáceres en pocos minutos me dió la respuesta: Acrocarpus fraxinifolius, una leguminosa arbórea originaria de la India, Birmania, Tailandia, Indonesia, Laos y Malasia, que en su hábitat original forma parte de los exuberantes bosques tropicales de estos países y alcanza los 50 metros de altura. Por fin ya le podía dar un nombre al árbol más alto, exótico y espectacular de mi jardín.

 Fotografía de las terrazas de mi jardín en la primavera del año 2006 en la que se ve en el centro de la imagen el árbol mundani con su llamativa brotación roja tras la hibernación. (Recomiendo ampliar la foto con un doble click para ver mejor los detalles)

Esta leguminosa forestal recibe diferentes nombres según el país donde crece o es cultivada. En la India le llaman MUNDANI, en Australia y en África tropical donde se han hecho grandes plantaciones le llaman PINK CEDAR y en América Latina donde también ha sido introducido con gran éxito como especie forestal le llaman CEDRO ROSADO, MUNDANI o LÁZCAR. Este último nombre se lo pusieron los mexicanos en honor al presidente Lázaro Cárdenas, gran impulsor del cultivo de este árbol asiático. Localmente recibe otros muchos nombres, pero los más conocidos son los que he mencionado.

Hace unos diez años se produjo una gran nevada en pleno mes de noviembre, la nieve se acumuló sobre la copa del árbol mundani que todavía conservaba las hojas y el peso desgarró una rama de unos 4 centímetros de grosor. En lugar de tirarla al montón de leña para quemar, le recorté el extremo más tierno, la dejé sin hojas y la clavé profundamente en el suelo junto a una pared de bancal que mira al sur donde acababa de arrancar un Eucalyptus gunnii muerto fulminantemente por el ataque del hongo Armillaria mellea. Anteriormente había muerto allí mismo una sabina mediterránea, Juniperus phoenicea subsp. turbinata. Pasaron los meses, la rama acabó escondida entre la hierba y me olvidé de ella.

Un día de verano, mucho tiempo después, pasé cerca de la pared donde estaba clavada la rama del mundani y unas hojas rojas que sobresalían por encima de la hierba me llamaron la atención. Me acerqué y mi sorpresa fue mayúscula. Era la rama que había brotado tras 22 meses. No me lo podia creer. Era como un milagro, pues las estacas de las leguminosas arbóreas suelen ser muy reacias a enraizar y ésta no sólo había echado raíces y había brotado, sino que además lo había hecho en un suelo infestado por el micelio del hongo asesino. Nuevamente quedaba demostrada la simbiosis entre las raíces del mundani y el micelio de la Armillaria mellea. Actualmente la rama enraizada se ha convertido en un hermoso árbol de unos 7 metros, sano y vigoroso. El hongo ya tiene todo lo que necesita para vivir y desde entonces ha respetado a todos los árboles y arbustos que hay junto al mundani: un Tilia cordata, una Feijoa sellowiana, un Brachychiton populneus, dos Livistona chinensis, varios Citrus sinensis, un Anagyris foetida, un Agave attenuata, un Buxus balearica y un Buxus sempervirens.

Estaca enraizada de Acrocarpus fraxinifolius.

Unos años después intenté hacer un acodo aéreo a una rama del mundani pero tras 12 meses seguía sin echar raíces. Cansado de esperar la corté, le embadurné la base con hormonas de enraizamiento y la sembré en una maceta. Unos seis meses después brotó una yema en la parte baja de la estaca. Aunque al principio parecía crecer bien, pronto quedó estancada. Estuvo varios meses sin crecer, como paralizada. Yo no entendía cuál era el motivo.

Coincidió entonces que el hongo Armillaria mellea mató de forma fulminante mi único ejemplar masculino de ciruelo de Sudáfrica, Harpephyllum caffrum. Tras arrancarlo de raíz y quemarlo, se me ocurrió sembrar en su lugar la estaca de mundani que no crecía. Por tercera vez se produjo el milagro y el segundo hijo clónico del Acrocarpus fraxinifolius nacido de una semilla keniata empezó a brotar vigorosamente y en pocos meses se transformó en un hermoso arbolito. Nuevamente quedaba demostrada la simbiosis de las raíces del mundani con el micelio del hongo que tantos árboles, arbustos y lianas me ha matado en los 22 años que tengo el jardín.

Brote de la estaca enraizada después de tres meses de la siembra.

Mismo mundani clónico un año después en pleno verano.

 Edito este artículo casi 4 años después para mostraros el que va a ser mi tercer mundani clónico, procedente de una rama de poda que clavé en el suelo el pasado 15 de enero de 2015. Tras 5 meses de espera hoy día 15 de junio ha empezado a brotar vigorosamente. Ya tengo pues cuatro mundanis, el padre de 28 años y sus tres hijos clónicos, todos ellos con un genoma idéntico en el núcleo de sus células. 

Mismo mundani clónico anterior unos dos meses después (07-08-2015). 


Vuelvo a editar este artículo para mostraros el milagro del enraizamiento de un acodo aéreo de una rama de mi viejo mundani a los tres meses de realizarlo, algo increible en una leguminosa arbórea. El acodo aéreo lo hicieron mis amigos Lorenzo y Matilde día 10 de abril de 2016 y las raíces aparecieron el día 13 de julio del mismo año.


Las raíces transparentándose a través de la bolsa de plástico. Ya sólo queda esperar unas semanas a que las raíces crezcan un poco más para separarlo de su padre clónico. Se lo regalaré a mi amigo Lorenzo para que lo siembre en su fantástica finca Sa Barraca Blanca.

 Primeros capullos florales del segundo mundani clónico a mediados de enero.

 Mundani-padre brotando vigorosamente a finales de marzo tras superar exitosamente los largos meses del invierno mallorquín con varias heladas de hasta -2ºC.

Inflorescencias en escobillón del Acrocarpus fraxinifolius anterior con los brotes de hojas nuevas de un intenso color rojo sangre por su riqueza en antocianos. 

Fotografía de las inflorescencias anteriores hecha con zoom por la gran altura de las ramas del mundani.

Primeras vainas maduras de Acrocarpus fraxinifolius a los 25 años de edad. (Esta foto y las tres siguientes, junto con el texto que las acompaña, las he añadido 10 meses después de publicar este artículo).

Hace ya más de 10 años que mi árbol mundani florece cada primavera, pero nunca había cuajado ningún fruto. Pensaba que la causa era la ausencia de sus polinizadores naturales. El pasado mes de abril de 2012 mi mundani tuvo una floración espectacular, se cubrió completamente de flores. Estaba magnífico, lo cual no pasó desapercibido para unas avecillas diminutas que acudían cada atardecer a libar golosas el abundante néctar de las flores. Por fin sabía que las flores del Acrocarpus fraxinifolius en los bosques tropicales de sus países de origen son polinizadas por aves. En Mallorca por supuesto no viven las mismas aves tropicales asiáticas, pero dos especies mediterráneas descubrieron el néctar de mi árbol mundani y se han convertido en sus polinizadoras sustitutas: Sylvia atricapilla y Parus major. No descarto que otras especies de aves hayan visitado las flores. Con los años las iré descubriendo y con la ayuda de mis amigos ornitólogos las iré identificando.

Esta avecilla, Sylvia atricapilla, acudía cada atardecer a libar las flores recien abiertas.

Vaina madura de Acrocarpus fraxinifolius recogida en septiembre de 2012.

Vaina anterior abierta mostrando las semillas de su interior.

Detalle de las primeras semillas maduras de mi árbol mundani.

Edito este artículo para añadir un video que grabé ayer día 28 de marzo de 2013 al árbol mundani en plena floración. Llama la atención lo recto que es su tronco. Aquí lo tenéis:


Las semillas del Acrocarpus fraxinifolius tienen una gruesa cutícula impermeable que dificulta mucho su germinación al impedir la hidratación del embrión, tardando a veces hasta 4 años en germinar. Para acelerar el proceso en las grandes explotaciones forestales australianas, africanas y americanas someten las semillas a un baño de ácido sulfúrico que escarifica químicamente la cutícula y la hace permeable a la entrada del agua para que se hidrate el embrión. 

Otro método aún más efectivo y barato, aunque más laborioso, consiste en hacer una pequeña muesca en la parte redondeada de cada semilla con un cortauñas o un pequeño cuchillo. 

Semillas de mundani con una pequeña muesca en la parte redondeada hecha con un cortauñas.

Luego se sumergen las semillas en agua templada durante 24 horas. Los cotiledones y el embrión se hidratan rápidamente y triplican su tamaño.

Semillas de la fotografía anterior sumergidas en agua.

Semillas ya hidratadas tras 24 horas en remojo. 

De esta manera se acorta mucho su germinación, pasando de varios meses o incluso varios años a sólo una semana. Luego se siembran en semilleros sombreados a una temperatura constante de unos 20 - 25ºC.

Semilla de Acrocarpus fraxinifolius naciendo a los 4 días de la siembra.

 Pequeño árbol mundani recien nacido. En los cotiledones se aprecia la cicatriz de la muesca hecha con el cortauñas.

Al igual que el mango y el anacardo, el Acrocarpus fraxinifolius prospera mejor en climas tropicales y subtropicales con una estación seca y una estación húmeda. Su vigorosa raiz pivotante penetra profundamente en el suelo donde encuentra la humedad necesaria para soportar sin problemas los meses de sequía. En condiciones muy favorables su crecimiento es espectacular llegando a crecer hasta 8 metros en un solo año. En las plantaciones de los paises tropicales se puede talar a los 10 años de la siembra, ya que a esta edad su tronco alcanza un grosor y una altura considerables. Una vez talado rebrota con facilidad desde la base, obteniéndose así a los 10 años una segunda cosecha de madera. Sus raíces fijan el nitrógeno atmosférico, de manera que su cultivo enriquece la tierra y favorece el buen desarrollo de los árboles circundantes. El tronco es recto y sin nervaduras. No precisa ser podado, ya que se autopoda de manera natural, cayendo por si mismas las ramas inferiores. Es resistente a la mayoría de plagas. Por propia experiencia he observado que los insectos fitófagos no lo atacan. 

Base del tronco del árbol mundani a los 25 años de edad. Obsérvese como las raíces principales sobresalen fuera de la tierra y le dan el aspecto de una pata de garza.

Base del árbol mundani cinco años después a los 30 años de edad. A medida que pasan los años las raíces que le sirven de contrafuerte y le dan estabilidad van sobresaliendo cada vez más por encima del suelo, como esta larga raíz que hace cinco años estaba bajo tierra. El día 12 de noviembre de 2016 el perímetro en la base justo por encima de la bifurcación de las raíces mide 172 cms. y el diámetro 54 cms. A la altura del pecho (130 cms.) el tronco mide 120 cms. de perímetro y 34 cms. de diámetro.

El Acrocarpus fraxinifolius es pues un árbol para el futuro. En las próximas décadas las plantaciones de esta leguminosa arbórea cubrirán grandes extensiones en todos los países con climas favorables, aportarán la madera necesaria para cubrir gran parte de la demanda de los mercados madereros y permitirán preservar los bosques y selvas naturales de la tala indiscriminada, salvando de la extinción a miles de especies animales y vegetales.

Edito día 1 de abril de 2017

El árbol Mundani con 30 años recién cumplidos luciendo una espectacular floración primaveral.

Edito día 15 de julio de 2017

 En mayo las avecillas polinizadoras acudieron masivamente a libar el abundante néctar de las flores y ello se ha traducido en una gran producción de vainas repletas de semillas. 

Nunca antes mi árbol mundani había producido tantos frutos. La asociación entre las avecillas nectarífagas y el Acrocarpus fraxinifolius  se ha consolidado tras cinco años de simbiosis. En la imagen, hecha con zoom dada la gran altura del árbol, podéis ver las oscuras vainas color caoba, que se van desprendiendo arrancadas por el viento y vuelan lejos de su madre para dispersar la especie, aunque de momento, tras un lustro produciendo semillas, todavía no ha germinado ninguna de ellas por sus propios medios naturales.

Una muestra de las vainas de mundani recogidas del suelo. 

Las duras y oscuras semillas de su interior.

Este pequeñajo se asomó al mundo ayer día 14 de julio de 2017. Es el primer hijo nacido de una semilla de mi viejo árbol mundani. Hasta ahora no había conseguido que germinase ninguna. Pensaba que al proceder de la autopolinización las semillas no eran viables o carecían de embrión. Los demás árboles mundani de mi jardín son ramas enraizadas, es decir, hijos clónicos. El de la imagen en cambio es fruto de la reproducción de su padre-madre consigo mismo, al proceder el polen fecundador del mismo árbol o de sus hijos clónicos. Todos sus genes están en el genoma del viejo mundani, pero en una combinación diferente. Los que en su progenitor estaban en homocigosis ahora puede que estén en heterocigosis y al revés. ¿Será todavía más resistente al clima mediterráneo que su padre-madre o por el contrario la nueva combinación genética le perjudicará y no logrará adaptarse? Lo sabremos en los próximos años.


sábado, 12 de noviembre de 2011

Cheilanthes pulchella: emigró a la Macaronesia para sobrevivir

Sus genes continuaron en Europa y África en su hija híbrida

Los genes de la Cheilanthes pulchella no estaban preparados para soportar el frío y la sequía del Mioceno tardío. Antes de empezar el último millón de años de esta era geológica vivía feliz en Europa occidental y norte de África con un clima subtropical cálido y húmedo. Allí se había hibridado con la Cheilanthes maderensis y de su unión había surgido un híbrido alotetraploide más resistente y mejor adaptado al clima cambiante, la Cheilanthes guanchica.

Cheilanthes pulchella fotografiada a pleno sol sobre las rocas volcánicas del municipìo tinerfeño de Santiago del Teide a principios del mes de mayo. Junto a ella compartiendo su mismo hábitat había numerosas Notholaena marantae y Cosentinia vellea, dos helechos que también aman el calor y el sol.

La Cheilanthes pulchella es una de las Sinopteridaceae mejor adaptadas al calor (termofilia) y a la luz directa del sol (heliofilia). Sus raíces están profundamente enraizadas en la grava volcánica que con su estructura porosa absorbe y retiene la humedad de la brisa marina y proporciona a la Cheilanthes pulchella toda el agua que necesita.

Grupo de Cheilanthes pulchella en el Puerto de Izaña  de Tenerife a unos 2000 msnm. junto a la carretera que va del Pico del Teide hacia el municipio de Arafo. Los rayos del sol inciden sobre las frondes que se extienden hacia la luz sin miedo a ser abrasadas, pues se saben protegidas por la excelente hidratación proporcionada por las raíces.

Cuando se inició la Gran Crisis Salina del Messiniense a finales del Mioceno, el clima cambió drásticamente haciéndose más árido y frío y el Mar Mediterráneo se seco casi por completo convirtiéndose en un desierto salobre con algunos lagos muy salados. Durante aquel millón de años tan adversos la Cheilantes pulchella se fue extinguiendo del norte hacia el sur y del este hacia el oeste al no poder soportar el frío estepario y la ausencia de lluvias. Los fondos marinos habían emergido fuera del agua al descender el nivel de mares y océanos en unos 100 metros y habían convertido la Europa Occidental, el norte de África y las islas de la Macaronesia en un todo contínuo que facilitó el intercambio de especies animales y vegetales. 

La Cheilanthes pulchella aprovechó esta circunstancia para propagar sus esporas hacia la región macaronésica donde sus descendientes hallaron un clima cálido y húmedo más adecuado para su supervivencia. En el Mediterráneo occidental y especialmente en el sur de la Península Ibérica quedaron sus genes en su hija híbrida, la Cheilanthes guanchica, mientras su progenitora huía hacia el paraíso subtropical de Madeira y las Islas Canarias. La adaptabilidad, rusticidad y vigor híbrido de la Cheilanthes guanchica le permitieron colonizar no solamente el Mediterráneo occidental sino también la Macaronesia, acompañando a su madre en su huída hacia el suroeste.

Fronde estrechamente ovado-oblonga y tripinnatisecta con su llamativo raquis rojo. El pecíolo, también rojo, es algo más largo que la lámina.

Ápice de una fronde con sus típicas pinnas linear-lanceoladas e integérrimas, es decir, enteras o indivisas con el borde bien liso sin dientes ni escoturas ni lobulaciones. A estas pinnas apicales les siguen otras algo lobuladas en su base.

Envés de una fronde con los soros protegidos por un llamativo pseudoindusio contínuo y amplio que cubre casi completamente el envés de las pínnulas. El raquis de la lámina, de las pinnas y de las pínnulas tiene un bonito color rojo sangre.

Detalle del pseudoindusio de Cheilanthes pulchella formado por una lámina de células transparentes que nace en el borde de cada pínnula, se dobla hacia dentro y cubre los esporangios que se encuentran a cada lado del raquis de la pínnula. Cuando las esporas están maduras, el pseudoindusio se levanta para permitir que los esporangios se desplieguen como pequeñas catapultas y dispersen las esporas lo más lejos posible de su madre.

En esta imagen el pseudoindusio ya está completamente levantado, dejando ver los esporangios maduros que parecen bolitas negras. Cada esporangio rodea como un útero un grupo de esporas.

Los helechos del género Cheilanthes contienen diversas sustancias tóxicas, especialmente ptaquilósido y tiaminasa, que provocan en el ganado que los consume enfermedades graves que van desde incoordinación y somnolencia hasta polioencefalomalacia y hematuria enzoótica que suelen acabar causando la muerte al animal. Su toxicidad es un mecanismo de defensa para protegerse de la depredación de los herbívoros.



jueves, 3 de noviembre de 2011

Serra de Tramuntana de Mallorca: Patrimonio de la Humanidad

 Lo que la Unesco no sabe

Hace 6 millones de años la Isla de Mallorca era la cima de una gran montaña rodeada por un desierto sin vida azotado por espantosas tormentas de arena cargada de sal. En pleno período Messiniense, a finales del Mioceno, el Mar Mediterráneo se había secado casi completamente a consecuencia de un cambio climático con un enfriamiento del clima global, que había provocado una severa reducción de las lluvias en la cuenca mediterránea y la acumulación del agua dulce en forma de hielo sobre la Antártida, con la consiguiente bajada del nivel del agua de los mares y océanos. Al mismo tiempo las placas tectónicas europea y africana habían colisionado violentamente y se había formado el Macizo Bético-Rifeño, cerrando el paso del agua del Océano Atlántico hacia el Mar Mediterráneo. La disminución de las lluvias y el cese del aporte de agua oceánica había secado casi por completo la cuenca mediterránea, quedando solamente algunos lagos muy salados en las partes más bajas. Las montañas y los lagos estaban rodeados por una gruesa capa de tierra muerta formada por la sal y los sedimentos de los animales marinos y las algas que un día poblaron las aguas.

Fantástica vista de S'Illeta, un islote que se mantiene virgen situado a pocos metros de la costa noroeste de Mallorca. A la derecha se alzan escarpados acantilados que recorren la Serra de Tramuntana en toda su longitud y la han preservado de la codicia humana por su inaccesibilidad. Son la parte más bonita y mejor conservada de la isla.

 Acantilado en Sa Calobra, situada en la parte central de la Serra de Tramuntana, con un agua extraordinariamente limpia. La última foca monje de las Islas Baleares, Monachus monachus, abatida a tiros por un guardia civil en abril de 1958 en aguas de Escorca, muy cerca del acantilado de la imagen, seguramente descansó y tomó el sol alguna vez sobre las rocas que se ven en la parte baja de la foto.
 
Imagen de la cima de una montaña de la Serra de Tramuntana en la que destacan las extraordinarias plantas llamadas cojinetes de monja con su típica forma redondeada y aplanada cubiertas de espinas temibles. (Recomiendo ampliar las fotos con un doble click)

El Mediterráneo se había convertido en una inmensa salina y desde África y Ásia acudían volando grandes bandadas de flamencos rosados a alimentarse de las pequeñas algas, gambas rojas, moscas Ephydra y caracolillos que proliferaban en las aguas salobres de los lagos mediterráneos. El gregarismo de estas aves convertía aquel paisaje de pesadilla en un grandioso y ensordecedor escenario de ballet con millones de bailarinas vestidas de rosa que chapoteaban al unísono como mecidas por el viento, siguiendo el ritmo de una música eterna grabada en sus genes. Tras mirar todas a derecha e izquierda curvaban las 19 vértebras cervicales de sus largos cuellos y hundían su curioso pico en el agua salobre. Con cada sorbito filtrado la riqueza de aquella solución cáustica les premiaba con unos gramos de nutritivo plancton, repitiendo cada día cientos de veces los mismos movimientos del baile que sólo ellas conocían. Lograban así extraer miles de toneladas de algas y animalillos, los cuales se reproducían a un ritmo endiablado nutriéndose a su vez de las heces, las plumas, los polluelos muertos y los huevos hueros de los flamencos en un interminable ciclo de vida y muerte que duró un millón de años. Video Baile de los Flamencos

Algunas plantas halófilas como las salicornias, las salsolas, las suaedas y las sarcocornias sobrevivían con sus raíces adaptadas al fango cáustico de los márgenes de los lagos. Las lluvias eran muy escasas e irregulares, algo más generosas en las cimas de las montañas, donde reinaba a sus anchas el antílope enano Myotragus balearicus sin la presión de ningún depredador terrestre. Sus únicos enemigos naturales eran las grandes aves rapaces con fuerza suficiente para dar caza a algún ejemplar joven, herido o enfermo.

Cráneo de Myotragus balearicus con su robusta mandíbula adaptada al ramoneo de las correosas plantas mediterráneas y sus dos incisivos de rata en la parte inferior que dieron forma a los cojinetes de monja, como si de un escultor se tratase. La depredación  incesante de este antílope durante millones de años obligó a sus plantas preferidas a adaptarse para sobrevivir mediante sucesivas mutaciones que las llevaron a cubrirse de espinas y a esconder sus brotes más tiernos y nutritivos dentro del amasijo de ramillas espinosas. El Myotragus balearicus se extinguió hace unos 4000 años por la depredación despiadada de los primeros habitantes de Mallorca y Menorca que lo cazaban con gran facilidad pues sus patas muy cortas y la estructura ósea peculiar de sus articulaciones le impedían saltar y girar. Sólo podía avanzar en línea recta y a escasa velocidad. Había vivido plácidamente casi sin depredadores durante millones de años y en varios decenios fue borrado de la faz de la Tierra.

Durante el millón de años que duró el período Messiniense surgieron por sucesivas mutaciones adaptativas numerosas especies de animales y plantas, muchas de las cuales sobreviven en la actualidad como verdaderos tesoros. Es el caso del diminuto Ferreret, Alytes muletensis, un sapito endémico de la Serra de Tramuntana de Mallorca en peligro crítico de extinción que en los últimos años ha tenido que afrontar otro grave problema que amenaza todavía más su supervivencia, una enfermedad llamada quitridiomicosis causada por un hongo. Por suerte está superando con éxito esta enfermedad y todo parece indicar que va a sobrevivir.

Imagen de un Ferreret. (Esta fotografía es propiedad de la magnífica página web Racons de Tramuntana)

Entre las plantas que surgieron durante el período Messiniense del Mioceno tardío destaca un helecho cuya distribución actual nos habla claramente del momento en que apareció sobre la tierra tras sucesivas hibridaciones y mutaciones adaptativas. Se trata del Asplenium azomanes, un híbrido alotetraploide con dos genomas completos en el núcleo de sus células. Uno de los genomas le viene de su progenitor macaronésico, el Asplenium azoricum, un helecho actualmente endémico de las Islas Azores y el otro genoma de un ejemplar del complejo trichomanes, tal vez el Asplenium trichomanes subsp. hastatum.

 Asplenium azomanes en la grieta de una roca calcárea orientada hacia el noroeste. La foto fue tomada en las montañas que circundan el Valle de Sóller, situado en plena Serra de Tramuntana.

En el Valle de Sóller el Asplenium azomanes se ha hibridado con el Asplenium  trichomanes ssp. quadrivalens y ha dado lugar al Asplenium x tubalense, un vigoroso híbrido alotetraploide que, aun siendo prácticamente estéril, consigue generar alguna diplóspora fértil, las suficientes para perpetuarse. Al contrario que su padre que huye de la luz directa y aplica sus frondes contra las piedras para evitar los rayos solares, su hijo híbrido adora el sol y extiende sus largas frondes hacia la luz. Su heliofilia es una herencia de su otro progenitor, el Asplenium trichomanes subsp. quadrivalens.

Las viejas paredes de los bancales de Sóller llenas de musgos y líquenes y orientadas hacia el noroeste son el hábitat del Asplenium azomanes y su hijo el Asplenium x tubalense. Todos los pequeños helechos de la família de las Aspleniaceae que crecen en Sóller viven sobre un sustrato de musgos y líquenes. Es una especie de simbiosis.

 Valle de Sóller rodeado de montañas que lo protegen de los vientos del norte, condensan en sus laderas en forma de rocío la brisa marina cargada de humedad y crean un microclima cálido y húmedo ideal para los pequeños helechos híbridos que son uno de los tesoros botánicos más desconocidos de la flora balear. Algún invierno las cumbres de las montañas se cubren de nieve que se derrite rápidamente y nutre de agua dulcísima las fuentes que tan sabiamente supieron encontrar y canalizar hace ocho siglos los mallorquines musulmanes, que fueron despojados de su amada isla y convertidos en esclavos en su propia tierra. Es de justicia reconocer su inestimable aportación a la arquitectura de las fuentes, los canales de riego y los bancales de la Serra de Tramuntana.

Durante el período Messiniense del Mioceno tardío los fondos marinos de las zonas costeras de la islas de la Macaronesia, de Europa y de África habían emergido fuera del agua por la bajada en unos 100 metros del nivel del mar y, junto al recien formado Macizo Bético-Rifeño, habían transformado aquella vasta región en un todo continuo con poca agua que las separase, lo que permitíó el intercambio de especies entre los distintos archipiélagos de la Macaronesia y, a su vez, con la Península Ibérica y el norte de África. 

Mapa aproximado del Mediterráneo occidental durante el Mioceno Tardío. La Serra de Tramuntana formaba parte del Macizo Bético-Rifeño. El nivel del agua de los lagos salobres aumentaba o disminuía dependiendo de las lluvias, de manera que durante algunos milenios permanecieron prácticamente secos.

A medida que el clima se iba haciendo cada vez más árido y frío algunas plantas subtropicales como el Asplenium anceps y su hijo híbrido alotetraploide, el Asplenium azoricum, que habían surgido a través de mutaciones e hibridaciones durante los primeros millones de años del Mioceno y estaban adaptados a un clima más cálido y húmedo, no pudieron soportar la sequía y el frío del último millón de años del Mioceno tardío y sus poblaciones se fueron extinguiendo desde el norte hacia el sur y desde el este hacia el oeste, hasta quedar recluidos en las islas macaronésicas. En la actualidad el Asplenium anceps sobrevive en las montañas de las Islas Canarias más húmedas, en la Isla de Madeira y en las Islas Azores, mientras que su hijo el Asplenium azoricum ha quedado recluido en las Islas Azores, las más húmedas de la Macaronesia.

En algún momento durante su retirada hacia el oeste el Asplenium azoricum se hibridó con el Asplenium trichomanes y dio lugar a un vigoroso híbrido alotetraploide mucho más adaptado a la sequía y al frío, el Asplenium azomanes, el cual rápidamente superó la esterilidad propia de todos los híbridos alotetraploides y con varias mutaciones consiguió reproducirse con mucho éxito, tanto que llegó a poblar las rocas calcáreas orientadas hacia el noroeste de toda aquella vasta región sureña de tierras emergidas. 

Distribución actual del Asplenium azomanes. 

Al finalizar el millón de años del período Messiniense el clima sufrió un calentamiento global que hizo aumentar las lluvias y fundió gran parte de los hielos antárticos, de manera que las aguas oceánicas se elevaron en unos 60 metros. Al mismo tiempo las placas tectónicas africana y europea se separaron partiendo en dos el Macizo Bético-Rifeño y se formó entre ellas un gran surco, el Estrecho de Gibraltar, que permitió de nuevo la entrada de agua del Océano Atlántico hacia el Mar Mediterráneo. Este aporte de agua oceánica junto con el aumento de las lluvias llenó de nuevo con gran rapidez la cuenca mediterránea que dejó de ser un desierto salobre en sólo unos 1000 años. Al elevarse el nivel del mar las montañas se transformaron en islas, quedando emergidas las cimas y las faldas de las mismas y la población del Asplenium azomanes quedó fragmentada en tres regiones separadas por el mar: el sur de la Península Ibérica, las islas Baleares más occidentales y el Rif marroquí.

Inmenso encinar prácticamente virgen en la ladera de una montaña de la Serra de Tramuntana. Éste era el hábitat paradisíaco del Myotragus balearicus.

 Desde hace más de 1500 años el hombre aprovecha las suaves laderas de las montañas de la Serra de Tramuntana para cultivar olivos, reteniendo la tierra calcárea con paredes de piedra seca en forma de terrazas.

La Isla de Mallorca, al igual que el resto de islas mediterráneas, es pues una gran montaña que al final del período Messiniense fue rodeada por el agua y se transformó en una isla. La cima de esta gran montaña llamada Mallorca es la actual Serra de Tramuntana que hace millones de años formó parte de la gran cordillera del Macizo Bético-Rifeño. 

Inflorescencias de Arum pictum con su negro espádice que emite un desagradable olor a carne putrefacta para atraer a las moscas carroñeras que son sus polinizadoras.

Otra planta balear muy abundante en la Serra de Tramuntana nos habla también del período Messiniense, el Arum pictum, un endemismo tirrénico que se formó durante este convulso millón de años del Mioceno tardío. Cuando el Mar Mediterráneo era un desierto reseco las islas de Mallorca y Menorca estaban prácticamente unidas con un profundo valle entre ellas y formaban una única gran isla cuyo extremo oriental se unía con la isla de Cerdeña con muy poca agua que las separase, formando junto con la vecina isla de Córcega y el sur de Francia la llamada Región Tirrénica, lo que permitió el intercambio de plantas y animales entre las entonces montañas baleares orientales, Córcega, Cerdeña y la costa francesa. El Arum pictum vive pues en la actualidad en las islas que conformaban las montañas de la región Tirrénica.

 Flores de Paeonia cambessedesii en marzo. El color de los pétalos puede variar entre un rosado muy pálido casi blanco y un granate intenso. Recomiendo ampliar la foto con un doble click para apreciar mejor su exquisita belleza.

Una de las plantas más bonitas de la Serra de Tramuntana es la endémica Paeonia cambessedesii con unas flores espectaculares. Su llegada a las islas Baleares tiene también una estrecha relación con el período Messiniense. Hace unos años unos prestigiosos botánicos realizaron un estudio genético de todas las paeonias europeas y asiáticas. Tras analizar los resultados y comparar las variaciones en los distintos marcadores genéticos concluyeron que todas las paeonias del Mediterráneo proceden de un híbrido ancestral asiático que se formó hace millones de años por la hibridación entre dos paeonias de las mesetas del Asia central. Desde allí este híbrido antediluviano fue colonizando las tierras de toda Asia y Japón, llegando hasta Oriente próximo. Luego prosiguió su expansión por todos los países ribereños del Mediterráneo y toda Europa. En cada nuevo territorio conquistado se iba diferenciando en distintas especies por sucesivas mutaciones adaptativas.

 Otra flor de Paeonia cambessedesii con el detalle de los numerosos estambres amarillos cargados de polen y el pistilo rojo y ramificado en el centro.

Cuando uno de sus descendientes llegó a la región Tirrénica en pleno período Messiniense colonizó una tras otra las entonces montañas de Córcega y Cerdeña y desde allí saltó a Menorca y Mallorca. Tras la posterior subida del nivel del mar, las montañas baleares se convirtieron en islas y la paeonia tirrénica quedó aislada y sufrió diversas mutaciones adaptativas hasta transformarse en nuestra bellísima Paeonia cambessedesii que en la actualidad sólo vive en Mallorca, Menorca y Cabrera. A pesar de haber cientos de especies de paeonia en Europa y Asia, todas ellas tienen los dos mismos ancestros asiáticos.

 Dryopteris pallida subsp. balearica en la grieta de una roca del Cap de Formentor situado en el extremo norte de la Serra de Tramuntana.

En las montañas de la Serra de Tramuntana vive un helecho cuya historia tiene también una estrecha relación con el Mioceno tardío. Se trata de la Dryopteris pallida subsp. balearica. Al igual que el Arum pictum y la Paeonia cambessedesii este helecho enano de la família de las Aspidiaceae también procede del continente europeo. Antes de colonizar las montañas baleares en Europa vivía la Dryopteris pallida subsp. pallida, un helecho robusto de grandes frondes que se había hibridado con la Dryopteris oreades y había dado lugar a un híbrido alotetraploide, la Dryopteris tyrrhena.

Cuando el Mediterráneo se secó durante el Messiniense, las esporas de la Dryopteris pallida subsp. pallida y de su hija híbrida Dryopteris tyrrhena lograron colonizar las entonces montañas de Córcega y Cerdeña y posteriormente la cima fresca y húmeda de la montaña de Mallorca, es decir, la actual Serra de Tramuntana. La Dryopteris pallida subsp. pallida sufrió una mutación enanizante para adaptarse mejor al clima reseco y caluroso de Mallorca y dió lugar a la mallorquina Dryopteris pallida subsp. balearica, mientras que la Dryopteris tyrrhena prosiguió en su expansión hacia el Macizo Bético-Rifeño y llegó hasta la actual Sierra Nevada granadina, única localidad de este helecho en la Península Ibérica.

Vigoroso ejemplar de Dryopteris tyrrhena procedente de la cima del Puig Major, la montaña más alta de la Serra de Tramuntana, cultivado en el Jardín botánico de Sóller para evitar su extinción. El exitoso cultivo de sus esporas ha producido numerosas hijas que permitirán la repoblación en su hábitat natural.

La curiosa distribución actual de la Dryopteris tyrrhena en territorio español nos demuestra su clarísimo origen messiniense. Como en el caso del Asplenium azomanes, la posterior subida del nivel del mar aisló las poblaciones de Mallorca y Granada. En ambas localidades está recluida en las frescas cimas permanentemente húmedas de las montañas más altas. En Mallorca está en peligro crítico de extinción por la destrucción incesante de su hábitat y el ramoneo despiadado de las cabras asilvestradas. El número de ejemplares en estado silvestre no supera las dos docenas.

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No quiero acabar este artículo sin mencionar otras plantas endémicas que viven en la Serra de Tramuntana. A diferencia de las ya mencionadas no tienen un claro origen messiniense, pero su belleza o su rareza las hacen merecedoras de una mención especial. Algunas de ellas viven en las rocas costeras, otras en las cimas más elevadas y las demás en las faldas de las montañas, especialmente las orientadas hacia el norte y el noroeste.

La diminuta Naufraga balearica, otro tesoro botánico de la Serra de Tramuntana. Es la única especie del género Naufraga.  Pertenece a la família de las Umbelliferae. 

En los últimos 30 años la Naufraga balearica ha sido motivo de una intensa polémica entre botánicos, ya que en un principio se la consideraba un endemismo estricto de Mallorca, pero en 1981 fue encontrada una pequeña población de una planta aparentemente idéntica en el oeste de la Isla de Córcega entre Cargèse y Piana. Sin embargo dos años después en 1983 un grupo de botánicos volvió al mismo lugar y a pesar de buscarla intensivamente no logró encontrarla. Desde entonces se la considera oficialmente extinta en Córcega.

Visión cercana de las diminutas hojas de la Naufraga balearica.

En la actualidad la única población conocida de Naufraga balearica crece en una reducida área del Cap de Formentor en el extremo norte de la Serra de Tramuntana. No se descarta que puedan existir otras poblaciones en la misma zona de Mallorca dado el difícil acceso a los rellanos rocosos de los acantilados donde vive. En el año 2006 fue catalogada en peligro crítico de extinción, ya que el número de plantas adultas conocidas se había reducido drásticamente sin un motivo aparente, tal vez por el cambio climático o el aumento de la contaminación. Los ejemplares de las imágenes son cultivados y fueron fotografiados en el Jardín botánico de Sóller donde parece prosperar sin problemas. Esperemos que este tesoro botánico que lleva entre nosotros muchos millones de años logre sobrevivir al brutal cambio climático provocado por la codicia y la insensatez humanas.

El Senecio rodriguezii es uno de los endemismos más bonitos de las rocas costeras de Mallorca y Menorca. La planta es muy pequeña, sus hojas son carnosas con la superficie rugosa y pertenece a la família de las Compositae. Suele crecer muy cerca del mar en las rocas salpicadas por las olas. La fotografía fue tomada en la desembocadura de un torrente que baja de las montañas muy cerca de S'Illeta en el municipio de Sóller.

Carex rorulenta, una Cyperaceae diminuta endémica de las Islas Baleares, especialmente abundante en la Serra de Tramuntana. La fotografía fue tomada en la Finca pública de Planicia en el municipio de Banyalbufar.

 El intenso y luminoso color dorado de las florecillas de la Brassica balearica, la pequeña col endémica de Mallorca, alegra las cimas de las montañas.  Su hábitat preferido son las inaccesibles grietas rocosas verticales frescas y sombrías donde está a salvo de las cabras.

La Ophrys balearica es la única orquídea endémica de las Baleares. Pertenece al grupo de las Ophrys bertolonii. Su labelo es aterciopelado de un intenso color granate oscuro casi negro. La mancha central en forma de escudo también es granate con un llamativo brillo metalizado. El ginostemo parece la cabecita de un ave con su pico y sus ojos anaranjados. Vista de cerca es una flor de una belleza exquisita. La fotografía fue tomada en la falda de una montaña del municipio de Sóller en la parte central de la Serra de Tramuntana. Recomiendo ampliar la foto con un doble click.

El Erodium reichardii es una planta diminuta de la família de las Geraniaceae. Es endémico de Mallorca y Menorca. Suele crecer sobre rocas frescas y sombrías cercanas al mar. La fotografía fue tomada a principios de marzo en el Cap de Formentor situado en el extremo norte de la Serra de Tramuntana.

El Asplenium majoricum es un campeón de la supervivencia. Este helechito con frondes que no suelen superar los 5 centímetros de longitud es uno de los tesoros botánicos más representativos de la Serra de Tramuntana. Se originó por la hibridación entre el Asplenium fontanum y el Asplenium petrarchae subsp. bivalens, ambos extraordinariamente escasos, cuyos genes, ante el peligro inminente de extinción, han conseguido sobrevivir en su hijo híbrido, mucho más resistente al clima de Mallorca. Es capaz de soportar hasta 6 meses sin una gota de lluvia con la inteligente estrategia de la estivación, en la que se deshidrata completamente hasta parecer muerto y así permanece hasta que por fin en otoño cae la primera lluvia. En menos de 24 horas se obra el milagro. Las frondes se rehidratan, reverdecen, se expanden y al día siguiente el Asplenium majoricum luce tan fresco y lozano como en la primavera, como si nada hubiera ocurrido. El milagro es tan espectacular que, a pesar de llevar ya muchos años viéndolo cada otoño, se me ensancha el corazón y me emociono como un niño ante la explosión de vida de estos helechitos que cada año mueren y resucitan.

El Asplenium trichomanes subsp. inexpectans es otra rareza botánica de la Serra de Tramuntana. Este pequeño helecho tiene las frondes muy frágiles con la lámina como encogida y acabada en una pinna apical grande. Aborrece el sol directo y su heliofobia le lleva a aplicar sus frondes contra las piedras en un desesperado intento de evitar los rayos solares.

El Barranc de Biniaraix situado en plena Serra de Tramuntana es en si mismo un espectáculo de una belleza impactante e inolvidable. Está recorrido por un torrente del mismo nombre y es el hábitat ideal de numerosos helechos, en especial el Asplenium majoricum y sus híbridos: Asplenium x orellii, Asplenium x sollerense, Asplenium x reichsteinii y Asplenoceterach barrancense. También hay algún ejemplar de Dryopteris pallida subsp. balearica.

 El Asplenoceterach barrancense es un helecho híbrido extraordinariamente escaso, tanto que en mis múltiples recorridos por las montañas del Valle de Sóller sólo he logrado encontrar tres ejemplares. Es producto de la increible hibridación entre el Asplenium majoricum y el Ceterach officinarum subsp. officinarum. Por desgracia el ejemplar de la foto sufre la depredación despiadada de las cabras asilvestradas que se comen sus frondes varias veces al año y cada vez está más debilitado. Los organismos que deberían protegerlo lo ignoran.

 Aquí vemos los dos progenitores del Asplenoceterach barrancense y su hijo híbrido creciendo enraizados sobre el musgo que rellena los huecos de la misma piedra calcárea de una pared de bancal orientada hacia el noroeste a unos 300 msnm.

Otro extraordinario tesoro botánico es el Crocus cambessedesii. Su belleza y su floración efímera atrae numerosos botánicos europeos que viajan hasta Mallorca con la única intención de contemplarlo y fotografiarlo. La imagen fue tomada en el camino costero que lleva hasta el Torrent de Pareis.

El Torrent de Pareis, situado en Sa Calobra, durante millones de años ha ido excavando un profundo barranco cuyas elevadas paredes acaban bruscamente en el mar. 

 Hace unos años tuve una experiencia tan fantástica, tan espiritual y mágica que jamás se me va a olvidar. Una mañana de otoño me levanté muy temprano con la idea de buscar helechos en las rocas de este barranco. Llegué cuando acababa de salir el sol, los rayos del amanecer iluminaban las escasas aguas del torrente, no había nadie y fuí caminando barranco arriba sobre la gruesa grava del lecho del torrente con las altas paredes rocosas a cada lado. De pronto me dí cuenta que el único ruido era el de mis propios pasos sobre la grava que las paredes del barranco me devolvían con el eco. Me detuve y escuché atónito el impresionante silencio de aquel lugar mágico. Era un espectáculo maravilloso de naturaleza pura, virgen, intacta, lo más parecido al Paraíso Terrenal. El corazón se aceleró y latió con fuerza en mi pecho y mis ojos se humedecieron por la emoción. Jamás lo voy a olvidar.

 
 Vieja Phyllitis sagittata con sus hermosos soros que se transparentan a contraluz. Este escaso helecho de una belleza antediluviana vive feliz en las frescas rocas del nacimiento del Torrent de Pareis. Sus poblaciones peninsulares están en franca regresión, sobretodo en Andalucía.

La pequeña compuesta rupícola Crepis triasii es un endemismo de Mallorca, Menorca y Cabrera. Su hábitat son las grietas de las rocas calcáreas de la alta montaña orientadas hacia el norte y noroeste.

La labiada Phlomis italica es otro endemismo de Mallorca y Menorca muy abundante en los claros de los viejos encinares de la Serra de Tramuntana. Sus vistosas flores rosadas y aterciopeladas aparecen en mayo.

El endemismo Rhamnus ludovici-salvatoris, dedicado al Archiduque Luís Salvador de Austria, ama el sol directo de la alta montaña de Mallorca, Menorca y Cabrera. La fotografía de sus bellísimos frutos rojos fue tomada en un viejo olivar de la aldea de Caimari.

La Solenopsis balearica, antiguamente llamada Solenopsis minuta subsp. balearica, es otro endemismo de Mallorca de la família de las Campanulaceae. Su pequeñísimo tamaño no les resta belleza a sus flores. Vive en las paredes de los acantilados litorales de la Serra de Tramuntana y en las montañas de Artá. Su necesidad de humedad permanente la obliga a crecer en las grietas rezumantes.

Y por último quiero mostraros esta brillante flor de Ranunculus weyleri, un diminuto ranúnculo endémico de Mallorca que vive en las grietas de las rocas orientadas hacia el norte en la cima del Puig Major y en las montañas de Artá.

Ahora la UNESCO, conociendo un poco más estos tesoros botánicos, tendrá más motivos para apreciar los valores naturales de esta joya mediterránea que tan acertadamente declaró Patrimonio de la Humanidad.